Las Oretanias. Escrutando un dulce ignoto.

mayo 15, 2019 | Deje usted un comentario

El más productivo y esforzado redactor de nuestro humildísimo Boletín, Sr. D. Gundisalvo Lucero, trae a sus lectores un tema de grave actualidad que pone la atención en lo que importa, en mitad del proceloso mar de las rifas electorales que a todos atenazan. Sea de provecho para cuantos quieran lambisquear esta crónica confitada.

La insigne municipalidad de Villarreal, anda muy ofuscada en reponer la genuina identidad perdida de la villa, rebuscando entre costumbres locales pretéritas. En estos confusos tiempos de molicie que ahora resoplan, el populacho deambula sin rumbo ni concierto, cual si fueran vacas sin cencerro, y es por ello sumamente encomiable el propósito de empeñarse en conculcarles el orgullo de pertenencia a la patria chica, a base de restituir usos y costumbres que ya desaparecieron o que acaso nunca llegaron a existir. Pero para el remoto caso de que jamás se dieran, bienvenidas sean las tradiciones inventadas si la engañifa es provechosa para domeñar al populacho licencioso. Así lo proclamaba el sabio anacoreta Críspulo el Viejo: “el fin no justifica los medios, son los medios los que justifican el fin”.

Tirando de nuestro ubérrimo pero menos filosófico refranero, los munícipes han hecho suya aquella sabia sentencia que dice: “boca dulce y bolsa abierta, te abrirán todas las puertas”. Y sin miramiento alguno se han lanzado, a base de cuartos, a la ardua tarea de averiguar cuál pudiérade ser el dulce típico de esta noble villa que le abra todas las puertas de la fama y la catapulte a la posteridad. Alegan que si la Imperial Toledo es reconocida por sus mazapanes, y villas menores como La Roda es afamada por sus miguelitos y la vecina Alcázar por sus tortas; no va a ser menos la noble capital de la Oretania. Viene a colación ahora que yo me permita proponer, desde esta noble tribuna, el apelativo de “oretanias” para esta dulce ambrosía, por ser un nombre de gran tradición y empaque, muy acorde por ende con la urbe a la que habrán de representar.

Las oretanias serán seguro, un poderoso reclamo que habrá de atraer a Villarreal a multitud de visitantes foráneos para poder así adquirir el suculento manjar. Y en haciendo el esfuerzo de acudir a comprar ese dulce irresistible, fácil es colegir que entonces también gastarán sus buenos cuartos  en los colmados, posadas y tabernas locales. Una ingeniosa manera ésta de impeler la depauperada economía local.

Empero, no todo son parabienes; las grandes empresas nunca están exentas de escollos y contratiempos. Otro sabio refrán nos enseña que: “Lo dulce no es tan dulce sin el amargo, y la luz no es tan luminosa sin la oscuridad”. Vayamos al meollo: han tenido los munícipes la infausta ocurrencia de encomendarle las pesquisas del dulce ignoto, a sabuesos investigadores de la excelsa Universidad regional, previo dispendio de 5000 reales de vellón. Craso error éste porque comúnmente es sabido que desde tiempos inmemoriales, los frailes y sores, como depositarios que son del arte repostero, han pergeñado los más afamados dulces y licores espiritosos. A estas órdenes mendicantes debiérade haberse confiado tal empresa a cambio de una paupérrima limosna. Nos hubiérade entrañado a los villarrealeños menor quebranto pecuniario, mayor diligencia en el encargo y una certera garantía de éxito. Porque los dulces, aunque requieran el tiento y la paciencia de un alquimista buscando el equilibrio de proporciones y sabores, jamás nacieron en probetas de laboratorios, sino al amor de la lumbre de los fogones y hornos monacales u hogareños.

Con tal dislate, el descalabro estaba servido: transcurre ya más de un año desde que se hizo la encomienda a la institución universitaria y deben andar los sabuesos académicos extraviados entre los vericuetos de nuestras costumbres culinarias, porque todavía no han hallado el bollo, tarta, torta, galleta o cualquier confitura que bien pudiérade caracterizar a los villarrealeños para diferenciarlos del resto. Andan alterados los ediles con la tardanza, porque se avecinan los comicios locales y anhelaban poder anunciar antes el dulce parto con suma alharaca. Tan desesperados andan, que según le casca un soplón a este humilde cronista, la corporación villarrealeña ha pretendido entrar en tratos con “Las Canteras”, industria  manufacturera de las reputadas “tortas de Alcázar” (se engullen solas o como bizcochá manchega; un exquisito postre), para que le muden el nombre a “tortas de Villarreal”, con la promesa de que sus ventas se acrecentarán meteóricamente. Recibirían a cambio, como contraprestación, una suculenta cantidad de dinero suficiente para edificar una nueva factoría en un solar cedido en el arrabal de Larache. La secular empresa alcazareña, muy arraigada y sumamente leal a su pueblo, les ha espetado que naranjas de la china. Ha intervenido incluso la Regidora alcazareña amenazando a su correligionaria villarrealeña con propagar un incendio en su agrupación política. Tan contumaces son en el error, que según me cotorrea el confidente, no salen escaldados del entuerto y andan ahora incordiando al poblado albaceteño de La Roda, donde gobierna un partido contrincante, no habiendo entonces riesgo de provocar una escisión. Proponen los ediles capitalinos que los celebres “Miguelitos” sean renombrados como “Pandorguitos” habiendo de mudarse la empresa pastelera a Villarreal.

Al socaire de tanto vaivén, tanta dilación y desatino, una familia de avezados mesoneros villarrealeños se ha apresurado a anunciar haber hallado ya el tan ansiado dulce ignoto. Y se han marchado todos a los Madriles para proclamarlo a los cuatro vientos en un reputado cónclave culinario. Acudió presurosa a esta cita la Regidora villarrealeña y su fiel escudero para posar radiantes en el retrato que habría de inmortalizar el evento. Empero, algunas jornadas después, para más grande confusión, la primera edil hace saber que las “culipardas” (así ha denominado a la mullida pasta el clan mesonero) no son el dulce ignoto que tan pacientemente anhelamos. Sigan entonces los doctos investigadores universitarios con sus pesquisas, pero mientras alumbran el postergado parto, bienvenidas sean las “culipardas”, a condición de que se mude su vulgar nombre por el toponímico más noble de “oretanias” que yo propongo.


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