La Ferrorreal: Un palacio colosal para la España Real

febrero 21, 2019 | Deje usted un comentario

Vuelve a las andadas el más dinámico y pródigo de los cronistas de nuestra redacción. En esta ocasión con un hito en el género de la crónica ucrónica e histórica, con no poca verosimilitud, fineza y enjundia.

Decía ufano Don Amadeo Von Zurrasspagger, Mariscal de Campo prusiano, mientras rubricaba la capitulación de su ejército de húsares: “la historia la esculpimos en mármol sólo unos pocos elegidos”. La historia de esta nobilísima Villa la está escribiendo ahora, con renglones de oro, Don Pedro Fernández Aránguez, hidalgo villarrealeño descendiente de una estirpe de rancio abolengo. Su antepasado Don Pedro Fernández de Velasco, ricohombre y magnate castellano, fue merino mayor en Castilla la Vieja,  camarero mayor de los reyes Enrique II y Juan I de Castilla y merino mayor de Galicia. Con tan nobles  ancestros, Don Pedro está predestinado a ser el adalid que redimirá a Villa Real de su infausta y perdurable decadencia. Para conseguirlo, ha fundado un flamante partido monárquico liberal: España Real. Aspira este egregio patriota, además, al bastón de mando del consistorio capitalino y promete, si gana la poltrona, como monárquico hasta el tuétano que es, recuperar la categoría de ciudad regia trasladando aquí la corte borbónica como otrora quiso hacerlo el sabio rey Alfonso X de Castilla. En los mentideros del palacio zarzuelero se cotorrea que, dada la buena sintonía del Rey Filipo VI el Preparao con Don Pedro, le tiene prometido el Monarca que si ganara los comicios en buena lid, trasladará la corte a Villa Real, para recompensarlo por sus desvelos en pro de la institución monárquica tan vituperada ahora vilmente por el populacho.

Recuperará la capital de la Oretania, Dios mediante, un lugar notabilísimo en el pódium de capitales reales europeas, merced a la clarividencia y el tesón de Don Pedro Fernández Aránguez. Una senda iniciada antes por el precursor también villarrealeño Liberto López de la Franca, secretario que fue del Infante Don Leandro Alfonso de Borbón, hijo bastardo del Rey Alfonso XIII, que tan ligado estuvo siempre a esta regia villa y su primorosa Semana Santa. Para ponderar la importancia de la ligazón del Infante con esta urbe, es obligado recalcar que la bastardía es la antesala de la realeza y el máximo grado de jerarquía de la Nobleza. Por ello, el mismísimo Poncio Majuelo, Conde-Duque de Calatrava,  confesó afligido en su lecho de muerte haber anhelado siempre ser hijo putativo o bastardo del Rey. Vano deseo éste porque en tiempos modernos, los monarcas se prodigan poco en su derecho de pernada y escasean los bastardos reales.

Apoyamos desde esta destacada tribuna el colosal propósito de Don Pedro y animamos a todos los villarrealeños a auparlo a la alcaldía con sus sufragios. Don Pedro nos ha desvelado a esta gaceta de Mundo Rancio, en primicia, cuáles son sus designios para conformar un lustroso conjunto monumental palaciego, acorde con la categoría de sus inquilinos regios, pero aquilatado a su vez a los tiempos austeros que ahora acontecen. A tal fin, dará aprovechamiento a las edificaciones ya existentes, con los remiendos y amoldamientos que se tercien, sufragando tal dispendio con el diezmo que se impondrá a los mercachifles y una suscripción popular obligatoria de 200 alfonsís per cápita que se reembolsarán luego, cuando buenamente lo permita la paupérrima hacienda local.

El polígono palaciego será amurallado cual baluarte y contará con seis torres almenadas de vigilancia. Se ubicará dentro del perímetro que conforman las encrucijadas de la vereda de Alarcos, el camino Valle de Alcudia, el bulevar del Ferrocarril y la vereda del Parque. Tendrá el recinto palacial el apelativo de “La Ferrorreal” en homenaje al vetusto Colegio Ferroviario que, acicalado con el boato que fuera preciso, será el Palacete Real donde habrán de habitar los monarcas y su digna progenie. El Palacio contará con un florido pensil con estanques, surtidores y fontanas, amenizado con aves canoras para solaz exclusivo de la realeza. El Parque Gasset resulta para ello tan apropiado, que será destinado a ese menester aunque deba ser antes vallado para vedar el acceso de los súbditos.  Se abrirá el kiosco del Cuesco para dar servidumbre al pabellón de verano que habrá de edificarse. El vergel, llamado a ser reconocido en todo el orbe como el Versalles Manchego, será sin duda la envidia de las más rancias realezas europeas. El órgano burocrático de la Casa Real se aposentará en el moderno colegio Ferroviario, siendo sus escolares reubicados en la escuela Juan Alcaide, que alberga a su vez la academia de adultos, que habrá de ser clausurada perpetuamente porque tiempo tuvieron los iletrados veteranos de haberse formado. Su pabellón deportivo cobijará los automóviles y carruajes reales. A la Casa de la Ciudad se le asignará también un mejor provecho y nombre: se apodará Casa de la Corte sirviendo de albergue para la servidumbre del Palacio. La añosa estación ferroviaria del parque, se acomodará como residencia de visitantes y mandatarios foráneos. Las piezas del museo ferroviario se reservan para ser donadas como obsequios protocolarios a las autoridades que en ella se hospeden. La casona okupa se mantendrá tal cual se halla, adecentándose con un somero enjalbegado. Sus desafectos inquilinos serán colocados como bufones y saltimbanquis de la corte y actuarán también de palmeros o plañideras -según se tercie- en las ceremonias oficiales cuando fueran requeridos. Un gesto paternal y caritativo de nuestra magnánima monarquía para integrar en su seno a los marginales y caricatos.

La Biblioteca del Estado se destinará a grandes fastos: recibimiento de autoridades, visitas, oficios protocolarios, convites, ágapes reales y otros menesteres de parecida índole. La biblioteca con sus fondos retornará a su antiguo emplazamiento: la deshabitada Casa de Cultura del Paseo del Prado edificada por el insigne constructor, el señor Fisac. Los volúmenes que no quepan en sus anaqueles serán donados a agrupaciones cívicas y de beneficencia. Empero, los que tengan una superior antigüedad a los 200 años se arrojarán a la pira sin más miramientos dado su insoslayable deterioro. El Museo del Quijote se tornará en Museo de la Corona para exhibir las joyas, tesoros y reliquias de los monarcas ibéricos habidos desde los remotos tiempos del vándalo Rey Gunderico. Entre tales tesoros despunta un pergamino ológrafo, de autor desconocido y caligrafiado en oro, que contiene la nómina completa de los reyes godos y sus gloriosos periplos. El colegio Jorge Manrique se designará a acuartelamiento de la Guardia Real. Los colegiales y maestros serán reubicados  en el parvulario del anexo de Valverde por disponer de ingentes plazas vacantes. El pabellón deportivo de la escuela cobijará las caballerizas.  La explanada aledaña al Museo del Quijote, se acomodará para paradas militares y el aterrizaje de autogiros, instalándose en sus esquinas un cuarteto de imponentes cañones apuntando a los cuatro puntos cardinales, para hacer retumbar la Villa con las salvas de honor. Extramuros del recinto palaciego quedará la escultura del Quijote paticorto, tallada en un árbol seco, sita a la salida del parque Gasset y también la añosa mansión de la Cruz Roja que será rehabilitada como Real Fábrica de Tapices.

Arrostrando todos los imponderables habidos y por haber, el esclarecido hidalgo Don Pedro Fernández Aránguez, ha sabido integrar en el Conjunto Palacial y dar aprovechamiento, a todas las  edificaciones emblemáticas villarrealeñas que en los últimos lustros están dando lugar a especulaciones extravagantes e inconclusos proyectos pergeñados por los divergentes gerifaltes políticos locales.

Algunos mercaderes de Villa Real, con impúdica osadía, ya se están postulando como proveedores oficiales de la Real Casa. Así, la taberna El Toboso de rancia tradición culinaria, aspira a servir las viandas de los ágapes reales; la cuchillería Novoa pretende ser el vaciador y suministrador de armas de la Guardia Real; los Almacenes de los Reyes, haciendo honor a su nombre, a surtir toda la cacharrería y el ajuar real; los Macarios a dispensar a los Soberanos y sus Princesitas toda la confección textil, de ultimísima moda, que le requieran para sus fastos y recepciones. Y así hasta un sinfín de proveedores que se candidatean con total desfachatez sin encomendarse a nadie.

Pero lo único fidedigno que resulta de este magnífico embrollo, es que Don Pedro goza del favor del Rey Filipo VI el Preparao y en justo pago por los servicios prestados a la Corona Española, le concederá en breve plazo, el título nobiliario de Archiduque de la Oretania.

El sabio anacoreta Críspulo el Viejo dejó escrito en su tratado denominado La Ética Épica que “sólo los grandes hombres aspiran a empresas imposibles, los pusilánimes se avienen siempre a proyectos realizables”. Se infiere entonces que Don Pedro Fernández Aránguez, acatando designios divinos, catapultado a la regiduría villarrealeña por los sufragios de sus paisanos, se proclamará como el Gran Prócer que habrá de cambiar por siempre el rumbo de esta noble y regia Villa redimiéndola de su atribulada decadencia.


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