La Burraca. Cultura trashumante.

diciembre 19, 2018 | Deje usted un comentario

Tráenos hoy el Sr. Don Gundisalvo Lucero, provecto y notable patricio de nuestra sociedad local y miembro perpetuo del Casino de Ciudad Real, una flamante crónica consuetudinaria en la que su sagacidad y perspicacia le llevan a adentrarse en los procelosos terrenos de la política a motor.

Ha desembolsado el Consistorio capitalino la friolera de 24.000 reales de vellón para adquirir  en propiedad un carromato motorizado, que denominan “vagón cultural” y que han rotulado con el lema “LA BURRACA – Cultura Trashumante”, en homenaje al otrora reputado Teatro Itinerante de La Barraca, dirigido por el egregio dramaturgo y rapsoda Federico García Lorca.

La índole chismosa e irreverente del populacho, que rebuznan y se carcajean soezmente  cuando ven pasar frente a sí al ómnibus cultural; está dando ocasión a una controversia ramplona. El vulgo, carente del don de filosofar, de discernir metáforas, lemas y conceptos sublimes, recalca con retranca la tontuna de calificarlo de vagón, siendo solamente una vulgar camioneta que no rueda sobre raíles.  Justifican la cortedad de su argumento con el dicho cazurro de: “si ladra es tuso, si maúlla: minino… y si rebuzna: burraca”, concluyen. Empero, que el vagón se apellide “cultural” no estimula ninguna burla plebeya porque la enjundia de tan noble concepto no cabe pues en sus cortas entendederas.

No siempre conviene que las cosas sean como aparentan, a veces es preciso sumergirse en una ensoñación liberadora de pesadumbres cotidianas existenciales. Si la Autoridad competente bautiza como vagón a un ordinario carromato, elevándolo de categoría motriz, no es una cuestión baladí que debamos discutir. Lo hacen así porque desean imbuirnos la idea de la cultura cosmopolita y bohemia de los caminos de hierro: estaciones abigarradas de viajeros sin destino que descubren ignotos paisajes y paisanajes. Quieren predisponernos para recibir, sin ambages, el bien preciado de la cultura. Muy cabal pues el apelativo de “vagón cultural”, como también el lema de LA BURRACA que nos retrotrae a un tiempo pretérito culturalmente excelso. Acertado también haberle encargado su regiduría provisional al gremio de jóvenes mercaderes de la Villa Real. La vocación mercantil de los mozalbetes, propiciará un singular tratamiento industrial de la cultura: procesarla, empaquetarla en porciones adecuadas y distribuirla con alharaca propagandística, para hacer de este modo más digerible su consumo por el recio mondongo del vulgo.

Pero no todo lo que refulge es oro. Un compromiso cívico indeleble me liga a esta noble Villa y, por ello, desde la vasta experiencia empírica que me adorna, a fuer de ser sincero, debo disentir aquí del pretendido contenido del vagón cultural: es un craso error y si no se enmienda el yerro, estará abocado al más rotundo fracaso.

El desaguisado dimana de la fuente de dónde beben los munícipes. Inspirados por los librepensadores de la Institución Libre de Enseñanza, han querido emular a las Misiones Pedagógicas de infausto recuerdo, queriendo llevar con su carromato motriz la cultura y la instrucción al pueblo llano del arrabal villarrealeño y sus pedanías. Muy loable este propósito de desasnar al populacho, a la par que estéril y pernicioso. Porque el insigne sabio Críspulo el Viejo, postulaba en su teorema La paradoja de los opuestos que “transitar el camino de la utopía con denuedo, aboca inexorablemente a la distopía”. Excelso juicio éste del que se infiere fácilmente: si desuncimos al buey del yugo ¿quién tirará entonces del carro y del arado? Y si manumitimos al siervo de servidumbres ¿cómo habrá de procurarse su sustento? Ello no significa que convenga al bien común dejar que el vulgo crezca liego e íntegramente asilvestrado, porque se tornan levantiscos. El pueblo llano necesita de una mínima instrucción, de normas claras de urbanidad y civismo, de valores religiosos y patrióticos; para domeñarlos y transmutarlos en paisanos dóciles, temerosos de Dios, leales a la autoridad instaurada y probos jornaleros productivos. Y necesitan ablandar también su alma árida solazándose con el Arte de Cúchares, con el fervor de los festejos religiosos, con los populares cantos y bailes folclóricos, con desfiles y actos patrióticos. Son, todas ellas, abigarradas manifestaciones culturales enraizadas con nuestras más acendradas costumbres. Esos, y no otros, deben de ser los mimbres de la cultura popular villarrealeña. Entonces, que la congregación de misioneros de La Burraca se pretenda conformar con lunáticos trovadores, cómicos de la legua, titiriteros, saltimbanquis y musicantes; es un dislate de consecuencias apocalípticas para la cultura popular porque todos ellos son gente insurrecta, disoluta, probadamente subversiva, que se mofan de ella y buscan siempre dinamitarla. Luego, es cardinal confiar el apostolado de difusión de la cultura popular villarrealeña a los más fervientes y leales guardianes de nuestras esencias y costumbres vernáculas: taurinos, cofrades y  joteros, para que atiborren el tren cultural de hermosas estampas de la Semana Santa y de la Virgen del Prado, de pandorgos, de arrojados matadores taurinos, de vistosos folclóricos. Que los altavoces de La Burraca propaguen por las callejuelas y plazoletas de las barriadas, joviales pasodobles, seguidillas, rondeñas, jotas, saetas, melodías de cornetas y tambores, himnos y canciones patrióticas. Reforcemos nuestras costumbres atávicas para proveer de lustre al carácter montaraz del pueblo llano que habita entre las murallas de esta noble Villa.

Llegados a este punto, cabe interpelar: ¿hay otra cultura divergente de la popular? Obviamente sí: el Arte. Pero su sublime disfrute y discernimiento es privilegio exclusivo de personas letradas, mentes preclaras y paladares exquisitos. Pero desentrañar el meollo del Arte no ha motivado este modesto diserto; ocasión habrá para redactar, cuando toque, un voluminoso incunable. Sólo cabe decir, para finiquitar esta epístola, que el Arte está vedado al pueblo llano. Pero por su propio interés y para salvaguardar su salud mental, porque el doctor vienés Sigfredo Walpurgis, eminencia mundial en los intríngulis del psique, asevera que: “el empacho cultural e instructivo en mentes adocenadas genera alucinaciones severas irreversibles y patológicas”. Sabio enunciado que nos alecciona a evitar, a toda costa, el atracón cultural. Porque hasta el mismísimo Don Quijote, aún siendo harto letrado, se tornó demente de tan ímproba voracidad lectora. Por eso resulta provechoso fomentar la extendida afición balompédica entre populacho, porque coadyuva a evitarle el empalago que hipotéticamente le pudiera generar la cultura popular. Y no es cuestión de que acaben detestándola como acontece con la caterva de juglares, comicastros y goliardos que pretenden aposentar sus innobles posaderas en La Burraca.


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