Alumbrando una tradición

diciembre 8, 2018 | Deje usted un comentario

Mundo Rancio, su gaceta amiga, tiene el placer de presentarles al Sr. Don Gundisalvo Lucero, provecto y notable patricio de nuestra sociedad local y miembro perpetuo del Casino de Ciudad Real quien nos traerá con meridiana impuntualidad Las crónicas consuetudinarias de cuanto acontezca en nuestra plácida y somnolienta ciudad.

Anda agitada el ágora capitalina a cuenta del alumbrado navideño, que ogaño se demorará a causa de, según algunos opinadores cerriles; la nula diligencia del regidor encargado del asunto. Alega el munícipe en su defensa que pretendiendo ahorrarle al erario local algunos cuartos, le puso un precio tan misérrimo a la instalación lumínica que nadie, ni aborigen ni foráneo, ha querido hacerse cargo de tal empresa. Síntoma claro de que la economía marcha como es debido y Dios manda porque ya nadie quiere trabajar por cuatro perras gordas sin una mínima ganancia. Se decidió pues finalmente, aquilatar el precio del aparallaje lumínico a la sacrosanta ley adamsmitniana del mercado, y se colgarán las luminarias navideñas con mayor gasto pecuniario y con más grande demora. Porque en lo tocante al peculio público, los procedimientos son tan tasados que los oficinistas y plumillas municipales lo miran todo con lupa haciendo forzosamente lentos sus procederes.

Es por ello que no se prenderán las candelillas navideñas el primer domingo de Adviento, según es costumbre inveterada, y los mercachifles locales están que trinan.  Porque sin luminarias el ambiente es gélido y sombrío y ningún paisano se animará a entrar en las cantinas, en los colmados, en las tiendas de confección textil, en los bazares de mercaderías varias; a festejar en francachela el advenimiento del Mesías, a adquirir las viandas navideñas, los juguetes para la chiquillería y las mil fruslerías consumidas durante las fiestas del Adviento y de la Navidad.

Mal panorama se presenta entonces. El vulgo, siempre dispuesto al desvarío, se mofa de la municipalidad pregonando por las plazas que son como la tartana de “Tato Beodo” que acude a la romería cuando ya ha concluido la verbena. O aquella otra chufla maledicente que dice que son como los garbanzos del “Tío Prisco”, tan duros y cortezones ellos, que por mucho que cocieran siempre les faltaba un hervor.

Chanzas aparte, para intentar deshacer el nudo gordiano que atosiga a la noble capital de la Oretania, toca ahora preguntarse si es posible una Navidad sin luminarias de colorines. No es posible ni tampoco plausible. Como tampoco se concibe esta jubilosa fiesta sin villancicos de zambombas y panderos, sin turrones, peladillas o licores espiritosos. Y esto se colige muy fácilmente: si fue voluntad del Dios Padre, cuando ni tan siquiera existían las fábricas de la luz, alumbrar la Natividad del Dios Hijo con una estrella fugaz ¿cómo vamos a plantearnos nosotros, sus siervos, prescindir de las luminarias colgantes sin ofenderlo?

Los pétreos cimientos de esta Real Villa no se construyen con la inanidad o impericia de los gobernantes, pero tampoco con chirigotas y chanzas del vulgo destructoras de la convivencia cívica. Es preciso pues ideas propositivas y nobles. Que las mentes preclaras de nuestros próceres y notables se manifiesten. Por ello, desde mi portentoso magín, desde este púlpito que ahora se me brinda,  este humilde conciudadano de pro, no queriendo parecerse al insigne filósofo Críspulo el Viejo que enmudeció de no querer hablar por pura prudencia; osa ser “imprudente” y regala generosamente una propuesta que, de ser atendida, pasará a los anales consuetudinarios de la ciudad.

Se trata de hacer de la dificultad virtud, del infortunio una oportunidad y de la sana diferencia seña de identidad. Demórese la celebración del Adviento y la Navidad al mes de enero, donde ya las luminarias lucirán colgadas en todo su esplendor cual fugaces luceros. Y en los años venideros, sigamos festejándola en esas mismas fechas de enero, hasta que esta genuina extravagancia, pasados unos lustros, deje de ser extravagante por haberse mudado en costumbre y, por ende, en seña de identidad de esta noble ciudad.  Esta urbe, perdida en el dédalo de lemas ocurrentes e ignotos dulces alfonsís, rebusca con ahínco como singularizarse de otras villas y ahora se le brinda la ocasión más propicia para hacerlo. Hágase entonces lo que propongo porque “la diferencia es el marchamo de la perpetuidad”,  decía Críspulo el Viejo antes de enmudecer. Hagamos de Villa Real una ciudad eterna, como lo son Roma o Atenas. Si no poseemos grandes monumentos, dotémonos de genuinas e inveteradas costumbres que sean la envidia y la admiración de pueblos y naciones foráneas.

Miremos allende nuestras fronteras: la Pérfida Albión, siempre odiada, es una de las naciones más poderosas del orbe por perseguir la excentricidad denodadamente. Tienen su propio sistema de pesos y medidas, transitan por la siniestra, engullen pitanzas inmundas, calzan chanclas en invierno, toman el té a horas intempestivas y farfullan una lengua bárbara. Pero son diferentes y eso los hace poderosos.

Oteando más cerca, advertimos que la vecina villa de Alcázar de San Juan, desde época ancestral, cobra fama por celebrar su Carnaval en plena Navidad. Emerge esta fiesta paródica en la Guerra de la Independencia, para eludir la prohibición y como un acto de rebeldía del pueblo llano contra la nobleza afrancesada. Su génesis obedece al carácter levantisco y farandulero de sus vecinos.

Entonces, si una villa de menor preponderancia e hidalguía es capaz de esculpir su fama con un arraigado suceso diferente, ¿no va a ser capaz la Real Villa de alumbrar una nueva y genuina tradición que la catapulte hacia la notoriedad perpetua? Iluminemos una nueva Navidad. Alumbremos pues una tradición diferente. Es ahora la ocasión.


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