2. TIEMPO DIFERIDO.

febrero 23, 2011 | 1 comentario

Tampoco el texto del tarjetón parecía ser una denuncia en contra del hipotético homicida o a favor de su desvelamiento, como alguien había ya apuntado en los bares que alfombran y tapizan las proximidades urbanas del Consistorio, Bares y aguaduchos que en la hora del aperitivo, aparecieron más concurridos que otros días similares, merced a la carnaza de todos los corrillos, correveidiles y tertulias. Como un reflejo de lo mucho que se habla y parlotea en velatorios y tanatorios; como si con ese exceso verbal y charlista se quisiera compensar lo mucho que callará y enmudecerá ya el finado.
Tampoco un homicida deja que su víctima escriba su nombre sobre un papel y le acuse libremente, más bien se asegura plenamente y antes de la salida, de la eficacia de su faena y de la ausencia de pistas y huellas que pudieran delatarle. Nadie, y mucho menos Manzano Porras, había visto a ningún extraño, a ningún potencial homicida, o incluso ya a algún presunto asesino, desde las nueve de la mañana –hora en la que Gal Esquinas solía iniciar su jornada laboral– hasta las fatídicas once en que se asomó al despacho, para anunciarle un café con porras, que traían desde la vecina cafetería Niágara.
En esas dos horas, sólo habían empujado la puerta de mediodía del despacho de Gal Esquinas, los citados colaboradores –Gonzalo Manuel Menor, Juan Lagos Santos, Flor Romana o Ricardo Toril Fuentes– en unión de Tornado Prendes. Cada uno de ellos sostuvo su encuentro –de mayor o menor duración como luego se supo– con el Alcalde y volvieron a sus despachos y reuniones hasta que fueron convocados por los nervios estallantes de Manzano Porras. Incluso se descartó –tras un rápido reconocimiento pericial– que la puerta de escape que ocultaba el empanelado de la pared del oeste se hubiera utilizado. La última llamada registrada por la central telefónica, la había realizado Gal Esquinas a las 10,45 a un número que resultó identificado como la sede de su partido el Centro Social Popular; donde parece que trató, sin conseguirlo, de hablar con Jesús Camionero, presidente Provincial del CSP. Con anterioridad había recibido cuatro llamadas desviadas por Manzano al tratarse de asuntos menores, y dos más –del Subdelegado del Gobierno Jorge Wolf, y del Delegado de la Junta de Comunidades Salvador Alba García–. Su móvil –también chequeado– sólo reflejaba una llamada de su casa a las 10,12 con una duración de 35 segundos. Nada se podía decir de las comunicaciones interiores que no dejaban pistas ni huellas. Todo parece que sucedió entre las 10,45 y las 11 horas; en ese intervalo de tiempo Gal Esquinas redactó su texto –¿o era ya una despedida?– una vez concluida su llamada fallida a Camionero. (continuará)
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Comments

1 carta al director hasta ahora

  1. 1. TIEMPO BLANDO. : MUNDO RANCIO on febrero 24, 2011 16:49

    […] A primeras horas de la tarde del día 21, ya se sabía –merced a ese reducto impalpable de la comunicación instantánea, que se llama boca-oido– en todos los lugares que se habían fogueado por la mañana en el disparadero de rumores, las pegas que planteó el Juez de Instrucción del juzgado número 5 Pedro Cazuela, al ordenar el levantamiento del cadáver de la primera autoridad; pegas que se tradujeron en unas diligencias proponiendo la realización de la autopsia y desplazando lo que habría sido normal, esto es un simple certificado de defunción. Y es que el cuerpo de Gal Esquinas desparramado por el escritorio de la Alcaldía, sin presentar síntomas de violencia, mantenía entre sus manos de forma visible y aún firme, un tarjetón de los que había utilizado días atrás para felicitar las Navidades a sus compromisos políticos, institucionales y amistosos. Ese tarjetón, en cuyo reverso se fijaba la consabida formula de felicidades navideñas con el relieve de un abeto canadiense y el escudo de la ciudad con la corona real cubierta de nieve en polvo; aparecía –como si Gal Esquinas, hubiera pensado en un hipotético lector o mirón, que llegara de frente a la mesa de su despacho y pudiera reconocer el texto trazado con tinta azul ultramar sobre una cartulina verjurada color arena– orientado hacia la ventana del este y sólo hacia ella. De tal forma, que el secretario particular de Gal Esquinas, Juan Manzano Porras, que fue quien descubrió el cadáver tendido sobre el escritorio a las once horas, no avistó el tarjetón orientado al sol levante. Y tal omisión de Manzano Porras en su retentiva, no fue debida sólo a los nervios de los primeros momentos –¿qué hacer a quien llamar? o ¡don Fernando, don Fernando, se encuentra bien!– sino que explicitaba la dificultad de sorprender el tarjetón desde la posición de apertura de la puerta del ante despacho del Alcalde, que jalonaba el lado del mediodía. Por esas extrañas insidias de los arquitectos vengativos, el despacho del Alcalde sólo contaba con huecos y ventanales abiertos a dos orientaciones tan conflictivas como el norte y el este; circunstancia esta que para algunos conciudadanos explicaba el carácter melancólico y meditabundo de los Alcaldes a los pocos meses de haberse instalado en la Casa Consistorial y sobre los que empezaba a gravitar una extraña leyenda sobre su amargura ineludible a los noventa días de estreno del bastón municipal. Como si esas ventanas faltas de sol; o quizás, el peso de tener que gestionar todo el destino de los vecinos que le habían votado desde un enclave tan atormentado y umbrío, cubriera de acedía y tristeza a los regidores. Ya había pasado con todos los antecesores de Gal en el cargo: Enrique Sánchez, Leonardo Salas Hierbas o Nicomedes Llavero Doble, a los pocos meses de desempeñar su cargo electivo habían sido recorridos por una melancolía que rebajaba, hasta su color natural rosado o cerúleo claro a un grisáceo ambarino. Pero nadie, no sólo Manzano Porras, sino los que acudieron a su llamada, sus colaboradores más directos en el Consistorio –Gonzalo Manuel Menor, Juan Lagos Santos, Flor Romana o Ricardo Toril Fuentes– descubrieron el tarjetón misterioso, que el Juez Cazuela captó cuando sólo había dado dos pasos por la moqueta mostaza hilvanada con el escudo de la ciudad como si fueran manchas de chocolate.(continuará) […]

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