1. TIEMPO BLANDO.

febrero 21, 2011 | Deje usted un comentario

Aquellas Navidades, con sus preparativos, afanes. movimientos, comentarios, reuniones, compras, comidas fraternas, regalos, añoranzas, cenas insidiosas y una bagatela enorme e interminable de asuntos y acontecimientos quedaron desplazadas, obviamente, a alguna trastienda del interés de Ciudad Real. No todos los días aparece muerto (¿o asesinado?) un Alcalde; como así había ocurrido en la víspera del temido sorteo navideño del día 22. La aparición del cadáver del Alcalde de la ciudad, Fernando Gal Esquinas, a mediodía del día 21 corrió por todos los mentideros, barras, bares, cafeterías, registros administrativos, carteleras y esperas de la ciudad, como esa pólvora sorpresiva y lenta, capaz de transmitir la llama y llevarla al centro de la deflagración. Y también como una fúnebre despedida del otoño que había sido más húmedo que otros años y que trazaba ahora un anillo negro sobre la actualidad municipal. Un cadáver siempre es un cadáver: esto es, un cadáver siempre acaba produciendo muchas interrogaciones sobre su propia vida ya ida, y sobre la vida de los demás que miran un poco sorprendidos ese coletazo de la vida, o mejor, de la muerte ciega. Pero si además ese cadáver es el del primer regidor de la villa, las preguntas suelen crecer y hasta multiplicarse. Si todo ello ocurre en épocas tan dadas a la farra y al chalaneo verbal, los comentarios de ida y vuelta, sospechas, preguntas, interrogantes, murmuraciones, dudas, enigmas sin disipar y disipados, multiplican la detonación que la deflagración de la pólvora lenta está llamada a producir; desplazando del imaginario verbal de la colectividad otros encuentros y otros devaneos de la conversación propia del momento que nutre los atardeceres de Adviento.

A primeras horas de la tarde del día 21, ya se sabía –merced a ese reducto impalpable de la comunicación instantánea, que se llama boca-oido– en todos los lugares que se habían fogueado por la mañana en el disparadero de rumores, las pegas que planteó el Juez de Instrucción del juzgado número 5 Pedro Cazuela, al ordenar el levantamiento del cadáver de la primera autoridad; pegas que se tradujeron en unas diligencias proponiendo la realización de la autopsia y desplazando lo que habría sido normal, esto es un simple certificado de defunción. Y es que el cuerpo de Gal Esquinas desparramado por el escritorio de la Alcaldía, sin presentar síntomas de violencia, mantenía entre sus manos de forma visible y aún firme, un tarjetón de los que había utilizado días atrás para felicitar las Navidades a sus compromisos políticos, institucionales y amistosos. Ese tarjetón, en cuyo reverso se fijaba la consabida formula de felicidades navideñas con el relieve de un abeto canadiense y el escudo de la ciudad con la corona real cubierta de nieve en polvo; aparecía –como si Gal Esquinas, hubiera pensado en un hipotético lector o mirón, que llegara de frente a la mesa de su despacho y pudiera reconocer el texto trazado con tinta azul ultramar sobre una cartulina verjurada color arena– orientado hacia la ventana del este y sólo hacia ella. De tal forma, que el secretario particular de Gal Esquinas, Juan Manzano Porras, que fue quien descubrió el cadáver tendido sobre el escritorio a las once horas, no avistó el tarjetón orientado al sol levante. Y tal omisión de Manzano Porras en su retentiva, no fue debida sólo a los nervios de los primeros momentos –¿qué hacer a quien llamar? o ¡don Fernando, don Fernando, se encuentra bien!– sino que explicitaba la dificultad de sorprender el tarjetón desde la posición de apertura de la puerta del ante despacho del Alcalde, que jalonaba el lado del mediodía. Por esas extrañas insidias de los arquitectos vengativos, el despacho del Alcalde sólo contaba con huecos y ventanales abiertos a dos orientaciones tan conflictivas como el norte y el este; circunstancia esta que para algunos conciudadanos explicaba el carácter melancólico y meditabundo de los Alcaldes a los pocos meses de haberse instalado en la Casa Consistorial y sobre los que empezaba a gravitar una extraña leyenda sobre su amargura ineludible a los noventa días de estreno del bastón municipal. Como si esas ventanas faltas de sol; o quizás, el peso de tener que gestionar todo el destino de los vecinos que le habían votado desde un enclave tan atormentado y umbrío, cubriera de acedía y tristeza a los regidores. Ya había pasado con todos los antecesores de Gal en el cargo: Enrique Sánchez, Leonardo Salas Hierbas o Nicomedes Llavero Doble, a los pocos meses de desempeñar su cargo electivo habían sido recorridos por una melancolía que rebajaba, hasta su color natural rosado o cerúleo claro a un grisáceo ambarino. Pero nadie, no sólo Manzano Porras, sino los que acudieron a su llamada, sus colaboradores más directos en el Consistorio –Gonzalo Manuel Menor, Juan Lagos Santos, Flor Romana o Ricardo Toril Fuentes– descubrieron el tarjetón misterioso, que el Juez Cazuela captó cuando sólo había dado dos pasos por la moqueta mostaza hilvanada con el escudo de la ciudad como si fueran manchas de chocolate.(continuará)


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