HIJOS DE CIUDAD REAL

septiembre 12, 2010 | 3 comentario

MUNDO RANCIO le ofrece a partir de hoy una chuchería dominical en la que semanalmente le iremos acercándo los personajes más famosos e ilustres que ha cosechado nuestra provincia.

Nuestra ciudad y provincia han sido siempre cuna de los personajes más ilustres de la Nación Española, hasta el punto de que muchos de los valores intrínsecos y genuinos de la misma han sido labrados en las ubérrimas tierras de nuestra geografía provincial.

Como homenaje a todos ellos, MUNDO RANCIO, le ofrece en exclusiva una minuciosa relación que se irá incrementando paulatinamente.

Deseamos que nuestros lectores gocen intensamente con estos dignos personajes que tan alto han elevado el pabellón ciudadrealeño y que, asimismo, sientan el vivo regocijo y el profundo orgullo de sentirse paisanos de todos ellos y de hollar la misma tierra que un día les vio nacer.

¡¡ENHORABUENA A TODOS!!

Manuel Cáceres Artesero – “Manolo, el del bombo”. Imprescindible cascabel del habitual personal animando que se prodiga en todo tipo de campeonatos de foot-ball, con las subsiguientes victorias de nuestra Selección Nacional, incluso de aquéllos a los que no asiste. Impagable aportación de nuestro solar manchego al fomento de las raigambres patrias.


Comments

3 cartas al director hasta ahora

  1. Don Hilario on septiembre 19, 2010 15:56

    Pues mira que me enorgullece que seamos tantos y tan ilustres, y que el linaje sea motivo de tanto regocijo que gente tan dispar como Ángel Crespo y Yola Berrocal compartan anaqueles digitales:

    http://es.wikipedia.org/wiki/Categor%C3%ADa:Ciudadreale%C3%B1os

  2. CIUDAD REAL, MI AMOR. on septiembre 24, 2010 22:35

    “Bueno, ¿y qué pasa hoy en Ciudad Real?
    Desde luego, nada estimulante, pero algo pasa. Lo primero que salta a la vista para cualquier paseante imparcial que recorra la ciudad es su sorprendente fealdad.

    Hace quince o veinte años tenía todas las características urbanas de un pueblo grande manchego: casas blancas de dos pisos provistas de leves gracias ornamentales, alguna buena portada y unos cuantos edificios interesantes construidos entre finales del XIX y la década de los 30. Era exactamente un pueblo, pero por lo menos tenía el encanto de la tradición arquitectónica de la zona.

    Después, una partida de especuladores brutales, con el consentimiento de un vecindario que albergaba ridículas pretensiones de grandeza urbana, la han convertido en un indescriptible conglomerado de edificios de seis o siete plantas que reúnen en su desgraciado diseño todos los datos negativos que puede tener la peor arquitectura derivada del racionalismo: pobreza imaginativa, intrínseca fealdad de las formas dentro del más puro estilo hortera, angostos espacios habitables y una elevación que, teniendo en cuenta la anchura de las calles, convierte a éstas en agobiantes túneles donde el ciudadano no encuentra ni un sólo detalle donde pueda recrear la mirada con deleite.

    Han desaparecido todos los árboles, hasta tal punto que arterias del relieve de la calle Alarcos, Toledo o Calatrava, unen a su general condición espantosa, una desnudez vegetal tan apabullante que permite pensar con cierto asombro qué clase de cabezas pensantes tenían las personas rectoras que hicieron posible tal desastre. Se deduce enseguida que no eran cabezas pensantes, sino, como se ha dicho, tan sólo una banda de especuladores absolutamente ignorantes, con intereses tan egoístas como estúpidos.

    En esos edificios y por esas calles vive y transita la gente; hay comercios abiertos, bares, bancos oficinas. La gente puede ser rica, de la clase media o pobre. Si la cultura válida es aquella que de alguna manera refleja la vida contemporánea de un lugar determinado, ¿qué le pasa a la población de la ciudad, a la burguesía media y a la burguesía alta? (y no decimos qué le pasa a los pobres porque, como es habitual, no han tenido ni arte ni parte en ninguna cosa). Pues no les pasa absolutamente nada, ese es el problema. Aspiran a tener un piso en propiedad, y lo tienen; desean comprarse un coche, y se lo compran ;se empeñan en pasear por las calles sin que nadie pueda decir que, en algún sentido, desentonan del resto de los tipos de su clase, y lo logran: si hay que llevar chaquetas a cuadros grises en invierno, las llevan; si es preciso usar vestidos amarillos en verano, se los ponen; se toman sus cañas a las horas prescritas en los bares reglamentarios, y los sábados y domingos, muchos van a misa.

    En sus discretos hogares muestran un grandilocuente tresillo en el salón, paredes forradas de papel pintado incluso con ornamentación rococó en relieve, monumentales lámparas de pie con tulipas de falso pergamino; un mueble indescriptible donde guardan nutridas cuberterías, hasta de plata; vajillas provistas de innumerables piezas, juegos de copas y copitas de vidrio tallado. Y desde la vitrina de ese indescriptible mueble exhiben, para la poca gente que les visita, chucherías decorativas diversas cuya vulgaridad es directamente proporcional al cuadrado de la ignorancia de sus poseedores.

    En los atardeceres de buen tiempo, los matrimonios salen a dar un paseo: el tipo va callado y lleva la mirada perdida en un horizonte que es la nada; la mujer, a su lado, tal vez sueña con un compañero más divertido.
    En los días laborales, los machos que trabajan en oficinas, bancos o ministerios, salen hacia las diez a tomarse un café, entonces aprovechan la ocasión para echar una partida de dados o de chinos; a veces se ponen a hablar y su música suena a disco rayado y aprendido: tienen ahorros en los bancos, envejecen con la misma canción, se mueren.

    A la inmensa mayoría de los adultos no se les conoce ningún acto airoso, rompedor, crítico; algún leve gesto o actitud distinta y positiva, alguna acción valerosa, arriesgada, decidida.

    Los hijos de estas gentes son, desde luego, más interesantes y más guapos que sus padres, pero eso dura poco: o se largan a otros lugares más atractivos cuando llega el momento de vivir por SI mismos, o se quedan. Si se quedan, en poco tiempo se transforman en el tipo-patrón de la ciudad.

    Los intercambios orales entre la gente adulta giran en torno al coche propio, al piso adquirido, a la cuenta en el banco, a lo sinvergüenzas que son los políticos, a la conveniencia de mantenerse alejados de cualquier acción solidaria. En estas conversaciones no existe jamás alguna gracia que proceda de un pensamiento noble, de una trayectoria distinta, de una perspectiva original, de un amor loco por algo o por alguien.

    Y ninguna otra cosa pasa, salvo que la gente se va muriendo en el marco de una ciudad agobiante, tras pasarle la pelota a descendientes dispuestos a iniciar el mismo ciclo.”

    Nino Velasco, Ciudad Real, mi amor. 1979

  3. Azazel on octubre 18, 2010 20:35

    Estimados señores rancios, lo primero un amable saludo a todos sobretodo a Don Lino.

    Vengo de La Heskoria y vengo con una misión.

    Después de no haber idilio con Don Lino (aunque a usted le seguimos echando de menos no crea, unos más que otros, eso también) hemos encontrado un punto de unión que si todos ponemos de nuestra parte seguro que consigue hermanarnos.

    Deben de saber ustedes (y sino ya estoy aquí para contárselo) que ha empezado el realitie Gran Hermano (en Telecinco para más señas) y fundamentalmente (aunque no lo más importante ni lo único) ser seguidores de ese programa es el motivo de que estemos ahí. Y durante estos meses que dura nos dedicamos a analizar la vida de los ratoncillos que entran en esa casa.

    Pues bien, tenemos un favorito de momento. Y no es otro que Dámaso Angulo, manchego de pro, exseminarista, afiliado del PP y cantante de copla. Y eso con tan sólo dieciocho años. Una joya y todo un proyecto de hombre rancio.

    Nuestra esperanza es que gracias a Dámaso consigamos limar las posibles asperezas que han surgido en esta nuestra relación.

    Atentamente, un beso.

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